martes, 7 de abril de 2015

SATUNSAT I




   -.Chopa Sanchez G. 


STC Rubí.

            Murieron tres esta semana: Segundo Ponce cayó por la borda cerca de Arica; Segundo Schultz tuvo un infarto a mitad de semana y Segundo Mukarker, el turco, dejó de respirar mientras fregaba un pasillo en el piso cuatro.
            —¿Qué coincidencia será esta, compare Lunita?
            —Son hueas nomás, Toquero…
            —¿Conoce usted al Marmaja?
            —¿El padrino del finao Barrera?
            —El mismo viejo mañoso… Voy a ir a verlo pa’ tomarnos unos vinos.
            Trona la maquinaria y ambas figuras se enjugan las frentes grasientas junto a la caldera. Toquero fuma apoyado en su pala y Luna está sentado liando tabaco.
            —Póngale un trago compare, Lunita, lo veo con sé’.
            —Que le va uno a hacerle…
            —Mañana almuerzo allá arría.
            —¿Y Burgui?
            —Jajaja. ¿Qué me va a decirme, compare Lunita? No diga hueas, compare Luna, uste’ sabe como soy yo.
            Luna toma un trago de aguardiente y observa las llamas mientras el alcohol baja quemando. Toquero echa más combustible, tiene la cabeza pesada y los brazos ardiendo pero es colosal y parece tener fuelle para largo mientras Luna; diminuto, al límite; piensa en Burgui que debe estar sobre la cubierta leyendo alguna novela frívola o tomando escocés con el capitán o, —mejor aún—,atendiendo con dulces a las jovencitas en la terraza principal o junto a la pileta comentando sobre Valparaíso que apareciera gris con la vaguada encasquetada o; tirado en su camarote repasando los remaches del cielorraso con apatía. En un principio, a Luna le había agradado Burgui con esa sonrisa que no borraba del rostro regordete y brillante y era entonces (lo es, sobretodo, ahora), una exaltación de lo vulgar, de la alegría del «hay-que-gozar-la-vida» y de una filosofía barata que vomitaba frente a las aristócratas para sentirse más hombre. En el primer día en el STC Rubí, mientras el capitán dirigía las maniobras de despegue, Burgui, en lugar de explicarle sus labores, lo había conducido sin rodeos a la sala de máquinas número tres, deslizando chistes de mal gusto sobre las pasajeras que encontraban en el camino: «¿Viste a la morenita? Yo una vez conocí a una negra que tenía la piel gruesa… era como otra piel. Tenía también otro olor…» o, «¿De qué parte del puerto? Yo tenía un amigo que le decían el Zapallo y era de Barón y tenía una zapatería en Independencia y el hueón era bueno pa’ andar curao y más encima andaba siempre con mujeres y nunca me explico, porque era feo y más encima no tenía un peso…» Al final del recorrido, encontraron a Toquero fumando sobre una pila de carbón.
            —¿Cómo está la arena, Toquero?
            —Andaba en el campo yo.
            —Te traje compañía.
Toquero se puso de pié y le estrechó la mano.
            —Juan Esteban Toquero, comparito.
            —Evaristo Luna, un gusto…
            —Tómese otro trago, Lunita —Lo alienta Toquero, sacándolo del recuerdo de Burgui y de su más-cara gorda y sonriente. Luna seca su frente; calor, humedad, infierno junto a la caldera. Apenas tiene fuerzas para otra palada.
            —Tómese otro trago Lunita y vamos donde Forbe que debe estar más fresco. Quien entiende esto de los Segundos. Buena persona el turco más encima…
            Uno largo, otro. El alcohol baja quemando. En un cuarto contiguo, Forbe dispone un tablero de ajedrez mientras bebe escocés con agua. Su trabajo es mantener funcionando las máquinas en las salas uno a la tres. Tiene el rostro cadavérico y un bigote grueso y desprolijo que le cubre buena parte de la cabeza enjuta y sombría. Desde allí se puede oír como la maquinaria brama y las tuberías vibran con la fuerza descomunal del vapor que asciende hacia los pisos superiores donde pasajeros de primera clase toman baños calientes en sus tinas inmaculadas.
            —¿Una partidita? —ataja Forbe apenas las figuras tiznadas y abatidas entran al pequeño cuarto. Luna se desploma frente a él mientras Toquero se lava en un tambor de agua oscura para luego acomodarse a liar sobre el piso ennegrecidode grasa.
            —Yo le juego pero convídeme un vaso antes… al otro lado deben haber como cincuenta grados.
            —Jajaja. Me lo imagino.
            Luna adelanta un peón desde la medianía del tablero mientras Forbe alarga dos vasos y rellena uno más para él.
            —¿Ha visto a Burgui? —inquiere Luna luego de un trago.
            —Dijo que les echara un ojo para que trabajaran.
            —¿Nada más?
            —Nada más — asegura Forbe que mueve un peón negro. —Cuando era cabro viajaba en el Atlanta dos —prosigue—, por Egipto hasta el Mar Rojo y después hasta Marruecos. Tenía que limpiar letrinas y ordenar camarotes y mataba el tiempo libre jugando ajedrez con Alaín. ¿Te conté alguna vez del negro Alaín?
            —No recuerdo.
            —Era cocinero. Hablaba un español que aprendió en la selva de Venezuela me parece. Hablaba francés también y todo lo hacía con una voz profunda y una pronunciación media pastosa. Me enseñaba ajedrez. Era descomunal y tenía la piel tatuada con figuras y palabras que sólo él entendía. Un buen tipo… Alaín… Andaba siempre sonriente y atento a ganar dinero extra, tenía un método eficaz: recibía las cosas robadas y las vendía a sus contactos en cada puerto a cambio del veinte porciento del precio final. Los vendía rápido y a buen precio y resultaba conveniente para el ladrón y para él. Por eso siempre hacía buen dinero y lo enviaba a alguna parte, me parece, porque siempre vestía de forma simple con una camiseta blanca y pantalones de tela gris. Tenía sólo un par de zapatos que remendaba constantemente un brasileño que se llamaba Eduardo y que trabajaba en la limpieza del piso dos. Algunos pensaban que tenía familia en África o que tenía una deuda en Guyana o mujeres, muchas mujeres pero él apenas hablaba de esas cosas y muy rara vez contaba alguna historia sobre su vida de joven y estaba en…
            —Jajaja… —interrumpe Luna ganando la reina negra. Forbe se queda mudo un segundo y luego putea vagamente llevando una mano a su cara.
            —Me contó que había trabajado de cartero en Gambia, —prosigue—. Una noche en una choza sin ventanas había tragado un liquido espeso que lo había arrojado a un viaje alucinógeno de horas o días, y recuerda haber vagado y también danzado en con el ritmo sordo de las estrellas. Sentía que se conectaba con Dios… Luego amaneció junto a la orilla de un riachuelo de aguas lentas. Otra vez nos contó que había vendido provisiones a unos reos fugados de la penitenciaría de Saint-Laurent que finalmente llegaron a Brasil y le enviaron una postal que pasó de mano en mano una noche y que la recuerdo bien: era una pintura donde se veía la estatua de un hombre dando una larga zancada y tras de él, un jardín amplio y más lejos un palacio blanco. La miré buen rato… En una de las ventanas del palacio se veía a un hombre de pie observando inmóvil el jardín allá afuera. Unos pájaros volaban a lo lejos y alguien leía sentado en una banca. Muy a lo lejos, apenas discernible entre los trazos del pincel, se ve a un hombre que, con el paraguas cerrado en alto, parece dejar caer un golpe terrible sobre un individuo invisible o que no alcanzamos a ver tras la vegetación. Nos contó que de joven había boxeado para sobrevivir. Vivía en Casablanca y apenas ganaba lo suficiente para una comida diaria y un cuartito miserable. Era su época más feliz.
            Luna erra un movimiento y pierde su último caballo. Forbe sonríe mientras deja caer la pieza blanca a un costado del tablero. Arriba, en el hall principal, la orquesta ha finalizado su última pieza y ahora los viajantes vuelven a sus recámaras o se movilizan a las distintas cubiertas mientras el STC Rubí comienza el descenso sobre la rada de Valparaíso. Trece minutos después se posa sobre el océano crispado por un viento que vuela sombreros entre risas de pasajeros que alegres divisan la ciudad aparecer como si fuera un matorral floreado desde donde emergen abejas o moscas mientras exhala pálidas columnas de humo tras una niebla invernal. Forbe gana la partida y ofrece un salud a Luna. Entre la primera clase está Burgui que se mueve entre brindis y palmaditas con la sonrisa espléndida mientras deja escapar empalagosos comentarios sobre el puerto que confiesa ha amado toda su vida. Luna se ha excusado para subir a su camarote y ahora Forbe y Toquero barajan un naipe y lían nuevos cigarrillos, y luego destapan una botella de vino. Luna, vestido con el impecable traje que le entregará Cano; sombrero de ala corta, bastón de empuñadura de marfil (un lobo cayendo mortalmente sobre su presa), sobretodo negro donde ha escondido un revolver; está de pié en la cubierta principal abarrotada de turistas que dialogan con champagne en las manos y exquisitos ropajes ingleses; fracs de un negro resplandeciente, sombreros de copa, bastones con oro y plata y gemas multicolores y damas de sombreros y peinados desafiantes y, por sobre el tumulto, los enormes contenedores de gas que permiten al STC Rubí estrechar vía aérea los grandes puertos del Pacífico sur. Desde el corazón de la nave, donde acaso Forbe y Toquero ahora se batiesen en una partida de naipes, emergen tres chimeneas negras que escupen un humo espeso. La aeronave ahora avanza pesadamente sobre el mar porteño y la ciudad aparece entonces en toda su dimensión: humaredas densas que ascienden desde los roídos edificios industriales, los palacios opulentos en primera línea, las casitas color tierra que trepan por pendientes y se van haciendo más miserables por cada metro que se elevan hasta los cordones obreros en lo más alto. Luna está de pié en la terraza reservada para los turistas: oye carcajadas y bromas, y ve a algunos trastabillar con el repentino movimiento de la marea, pero siempre una mano atenta coge el cuerpo en desequilibrio haciendo brotar más sonrisas y palmaditas, y un «discúlpeme, Emiliano Subercaseux, para servirle», «Doralisa Mendy, un placer» y más brindis y más champagne, y Luna inmóvil en el traje impecable que le entregó Miguel Cano en esa tarde lejana de Cartagena. Era necesario lucir como millonario para evitar sospechas y —por sobre todo—, para eludir cualquier revisión al ingresar al malecón. Luna recuerda la partida con Forbe y cómo le bastó fingir que erraba un sólo movimiento de sus torres para otorgarle la mínima ventaja que lo hizo perder algunas jugadas después. Recuerda, meses atrás, la reunión en Cartagena con ese tal «Cano», chileno de bigote fino que hablaba pesadamente con un tono gastado mientras fumaba rodeado de corsos que no le prestaban atención y que parecían ocuparse de otros asuntos. Saboreó en silencio tres o cuatro cigarros hasta que Cano habló algo en francés y luego se dirigió a él para explicarle su parte en el plan: cogería ambas maletas (una contenía un rifle, la otra un traje de primer orden) e iría directo —apenas el STC Rubí diera con el puerto de Valparaíso—, a la esquina de Clave y Castillo donde lo esperaría, a las seis en punto de la tarde inmediata a su arribo, un camarada que portaría idéntico maletín al que ahora cargaba en su mano derecha. Entonces debía expresarle la contraseña con naturalidad y, si todo salía de acuerdo al plan, el camarada lo invitaría a seguirlo para entregarle su paga. Todo era un recuerdo más bien lejano; Cano hablando en francés con el círculo de corsos y luego sus miradas inquisidoras, el camino de vuelta al STC Rubí, la noche de Cartagena con su Luna afilada en la temprana noche.
            En la cubierta, la élite sudamericana espera el contacto con tierra para invadir la ciudad.      
            —Buenas tardes señor. Sabe usted, ¿qué hora es? —lo inquiere un anciano de gafas y ademanes finos— Probablemente he olvidado mi reloj en el camarote… Quizás lo hayan robado a esta altura. Jajaja.
            Luna finge buscar un reloj pero le confiesa que también ha olvidado el suyo. Ríen.
            —Discúlpeme, no me he presentado. Segundo Lafuente.
            —José Campos.
            —¿Será usted pariente de Don Emiliano Campos?
            —Me parece que es pariente cercano a mi padre…
            —¡Bah! Que coincidencia.
            —Jajaja. Es verdad, mucha coincidencia.        
            —¿Conoce usted una buena relojería? —le inquiere el anciano fijando la vista en la orilla que está a menos de cincuenta metros.
            —Cuando baje, doble a la izquierda en la segunda cuadra y luego camine tres calles derecho, y luego dos a la derecha y ahí dobla a su mano izquierda, y luego una calle más y va a encontrar un buen lugar… —contesta Luna.

            Entonces los pasajeros comienzan en bullicioso descenso sobre el malecón porteño.

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